La tarde era plomiza y la espectación muy grande. El maestro debutaba en esta plaza y los nervios afloraban sin disimulo. Saltitos y estiramientos antes del paseíllo.
Va a salir el primer morlaco, el maestro se va a portagallola pero el bicho sale despistado, se acerca despacio y cuando está a tres metros del maestro, que ha aguantado firme con las dos rodillas selladas al albero, el burel da dos bufidos y sale de estampida. Dos vueltas al ruedo, babeando las tablas, buscando la salida hasta parar en chiqueros. Esto tiene mala pinta, este es manso de libro, se decía para sus adentros.
Se acerca con el capote y la primera arrancada arremete con la cara alta y las manos por delante, berreando como si perdiera la vida. El diestro, haciendo alarde de seguridad y técnica, lo sujeta con destreza y lo saca a la raya del tercio, donde le receta tres verónicas y una media de cartel.
Al caballo acude dos veces pero, al mínimo contacto con el hierro, canta la gallina y sale bufando. Total, se queda sin picar.
No va a tener faena, si le bajo la mano se me cae y yo para enfermero no valgo, rumiaba el maestro.
Al presentarle la muleta se arranca sin control, tirando gañafones, pero el diestro, sin inmutarse, curtido en plazas de carros y talanqueras, le receta una serie de doblones a lo Gregorio Sánchez,largos, intensos, pausados y con una seguridad pasmosa. Entonces vino lo peor, el burel se para, mira al tendido y parsimoniosamente se dirige a toriles donde con la boca abierta y soltando espuma se echa para no levantarse mas.
El maestro, contrariado, murmúra al subalterno: "para este viaje no hacía falta alforjas".

Esto que relato es lo que aconteció ayer en el Congreso de los Diputados y el maestro, que recetó la faena de aliño por falta de enemigo, no es otro que el nuevo ministro de justicia, a quien le acusan de todo porque no le pueden achacar nada.