Más de una vez os he comentado que una de mis debilidades es visitar la Sierra de San Vicente en otoño. No he podido resistirme a la cita y he hecho una escapada este fin de semana. Ha sido un día memorable por el baño de colores de las zarzas, helechos, quejidos y enebros, los olores a taramilla, hinojo y tomillo, y sobre todo el silencio que te envuelve; al final la niebla y una fina lluvia han ayudado a terminar el recorrido un poco más rápido de lo que pensábamos. Nos hemos citado para dentro de un mes cuando ya recogeremos castañas y níscalos.
Ha resultado difícil elegir fotos.